Por Fabián Echeverría, Socio Risk Consulting KPMG en Colombia COLOMBIA (Julio 22 de 2026) Las decisiones financieras de hogares, empresas e inversionistas estarán marcadas en el segundo semestre por un entorno exigente. Con la tasa de interés de política monetaria ubicada en el 12 % —tras el incremento de 75 puntos básicos adoptado por el Banco de la República a finales de junio— y las presiones sobre el déficit fiscal, la deuda pública y las necesidades de financiamiento del Gobierno, el costo del dinero, la confianza y la liquidez cobran mayor relevancia. Aunque la política monetaria y la fiscal responden a lógicas distintas, sus efectos terminan conectándose en la economía real. Cuando las tasas se mantienen elevadas, el crédito se encarece para consumidores y empresas; y cuando las finanzas públicas enfrentan mayores presiones, los mercados exigen más señales de disciplina, sostenibilidad y capacidad de pago. El resultado es una cadena que puede influir en el consumo, la inversión, los costos financieros y la percepción de riesgo del país. Conviene recordar que la inflación anual se ubicó en 5,8 % en mayo (con una inflación básica del 6,0 %), aún por encima de la meta del 3 %, lo que explica el endurecimiento monetario. Para KPMG en Colombia, este contexto debe leerse como un llamado a fortalecer la disciplina financiera, no como una señal para frenar todas las decisiones de gasto, crédito o inversión. La clave estará en entender cómo se transmite este “efecto dominó” desde las variables macroeconómicas hacia la vida diaria de los hogares y la operación de las empresas, donde además se deberá desarrollar resiliencia financiera, entendida como la capacidad de absorber cambios en las condiciones económicas sin comprometer estabilidad operativa o patrimonial. “Es común pensar que las finanzas del Estado, las decisiones del Banco de la República y los presupuestos de hogares y empresas corren por carriles separados. En la práctica, están conectados por tres variables: confianza, riesgo y costo del dinero. Cuando el crédito es más caro y el entorno fiscal exige mayor disciplina, las decisiones financieras deben tomarse con más información, más planeación y mayor control sobre la liquidez”, señala Fabián Echeverría, Socio Risk Consulting KPMG en Colombia. Los tres frentes del impacto económico El primer impacto se siente en el endeudamiento. Para los hogares, una tasa alta puede traducirse en mayor costo de créditos de consumo, tarjetas, libre inversión o vivienda. Esto obliga a revisar con más cuidado la capacidad de pago, evitar obligaciones innecesarias y priorizar deudas que puedan representar una carga creciente sobre el ingreso disponible. En las empresas, el efecto se refleja en líneas de capital de trabajo, créditos comerciales, obligaciones a tasa variable y refinanciaciones: una mayor porción de los ingresos puede destinarse al pago de intereses, reduciendo el margen para operar, invertir, contratar o expandirse. En sectores con márgenes estrechos, esta presión es especialmente sensible, pues no siempre es posible trasladar el mayor costo financiero al precio final sin afectar la demanda. Cuando las tasas permanecen elevadas durante períodos prolongados, hogares y empresas pueden enfrentar mayores dificultades para atender sus obligaciones financieras. Esto puede traducirse en incrementos de mora, deterioro de indicadores de cartera y criterios más estrictos para acceder a nuevo financiamiento El segundo impacto está en el consumo. Cuando los hogares enfrentan crédito más costoso e inflación persistente, tienden a ser más selectivos con sus compras, aplazar decisiones de mayor valor y priorizar gastos esenciales. Para las empresas, esto implica consumidores más cautelosos, mayor sensibilidad al precio y necesidad de ajustar proyecciones comerciales, inventarios y estrategias de venta. El tercer impacto aparece en la inversión. Con un costo de capital más alto, los proyectos deben demostrar retornos más sólidos para ser viables. Esto aplica tanto para compañías que evalúan expansión, tecnología o adquisición de activos, como para personas que consideran comprar vivienda o asumir compromisos de largo plazo. La pregunta ya no es solo si una inversión es atractiva, sino si sigue siendo sostenible bajo escenarios de tasas altas, menor crecimiento o mayor incertidumbre. 4 pilares para la planeación financiera Ante este escenario, KPMG recomienda a organizaciones e individuos adoptar una postura táctica durante el segundo semestre: Revisión exhaustiva del endeudamiento: identificar pasivos a tasa variable, anticipar vencimientos cercanos, explorar alternativas de refinanciación y reestructurar deudas que puedan asfixiar la liquidez a corto plazo. Protección de la caja y el ingreso disponible: para los hogares, presupuestos austeros y realistas; para las empresas, acelerar el recaudo de cartera, operar con inventarios optimizados (Just-in-Time), recortar gastos no críticos y blindar el capital de trabajo. Evaluación estricta de inversiones: no se trata de detener el crecimiento, sino de someter cada iniciativa a pruebas de estrés, evaluando retorno, plazo, riesgo y estructura de financiamiento bajo escenarios conservadores. Monitoreo de señales fiscales y monetarias: la evolución de la inflación, las minutas del Banco de la República, el comportamiento del déficit fiscal —que se proyecta cercano al 6 % del PIB, con una deuda pública por encima del 60 % del PIB y una regla fiscal bajo cláusula de escape— y la confianza de los mercados serán los termómetros que dictarán las variaciones en el dólar, los precios y las condiciones de crédito. “Disciplina financiera no significa dejar de consumir, invertir o crecer. Significa hacerlo con mayor criterio. En un entorno de tasas elevadas y presión fiscal, la diferencia estará en la capacidad de anticipar escenarios, proteger liquidez y asignar los recursos de forma más estratégica”, concluye Echeverría. Más allá de la coyuntura, el escenario actual evidencia que las variables macroeconómicas tienen efectos directos sobre las decisiones cotidianas. Una tasa de interés alta no solo afecta a quienes solicitan crédito; también influye en precios, consumo, inversión, rentabilidad empresarial y confianza. De la misma manera, la sostenibilidad fiscal no es un asunto exclusivo del Estado: incide en la percepción de riesgo, en las condiciones de financiamiento y en la estabilidad económica general. Por eso, el segundo semestre será clave para que hogares, empresas e inversionistas revisen sus presupuestos, estructuras de deuda, planes de inversión y niveles de liquidez. En un entorno más retador, la prudencia financiera no debe entenderse como pausa, sino como una herramienta para tomar mejores decisiones y proteger la estabilidad en el mediano plazo. Al mismo tiempo, escenarios como el actual pueden representar una oportunidad para fortalecer la resiliencia financiera, optimizar estructuras de costos y posicionarse mejor ante el mercado. Fuente: Central de Noticias AndeanWire Navegación de entradas El Tambo, en Nariño, inicia racionamiento de agua por el fenómeno de El Niño La moda colombiana gana dinamismo: el reto ahora es conectar a más empresas con nuevos compradores